Miguel de Unamuno
España, 1864 – 1936
ABEL SANCHEZ: HISTORIA DE UNA PASION
“Y el hielo me apretaba el corazón. Eran como llamas de hielo. Me costaba respirar. El odio a Helena, y sobre todo, a Abel, porque era odio, odio frío cuyas raíces me llenaban el ánimo, se me había empedernido. No era una mala planta, era un témpano que se me había
clavado en el alma; era, más bien, mi alma toda congelada en aquel odio. Y un hielo
tan cristalino, que lo veía todo a su través con una claridad perfecta”.
“Luché entonces como no he luchado nunca conmigo mismo, con ese hediondo dragón que me ha envenenado y entenebrecido la vida. Estaba allí comprometido mi honor de médico,
mi honor de hombre, y estaba comprometida mi salud mental, mi razón. Comprendí que me agitaba bajo las garras de la locura; vi el espectro de la demencia haciendo sombra en mi corazón. Y vencí. Salvé a Abel de la muerte”.
“Y entonces pensé si al morir me moriría con mi odio, si se moriría conmigo o si me sobreviviría; pensé si el odio sobrevive a los odiadores, si es algo sustancial y que se transmite, si es el alma, la esencia misma del alma. Y empecé a creer en el infierno y que la muerte es un ser, es el Demonio, es el Odio hecho persona, es el Dios del alma”.
“Se me quedó grabada en el alma como con fuego aquella escena de Caín y
Luzbel en el abismo del espacio. Vi mi ciencia a través de mi pecado y la miseria de
dar vida para propagar la muerte. Y vi que aquel odio inmortal era mi alma. Ese
odio pensé que debió de haber precedido a mi nacimiento y que sobreviviría a mi
muerte. Y me sobrecogí de espanto al pensar en vivir siempre para aborrecer
siempre. Era el Infierno. ¡Y yo que tanto me había reído de la creencia en él! ¡Era
el Infierno!”
“Los espíritus vulgares, ramplones, no consiguen distinguirse, y como no pueden sufrir que otros se distingan, les quieren imponer el uniforme del dogma, que es un traje de munición, para que no se distingan. El origen de toda ortodoxia, lo mismo en religión que en arte, es la envidia, no te quepa duda”