28. Los hermanos Karamazov – Fiodor Dostoievski (1880)
En un ensayo que escribí hace un tiempo acerca de los hermanos Karamazov sostuve que la obra sí se trataba de la historia de un parricidio, independientemente de quien lo hubiera cometido. Mi argumentación se desarrolló alrededor de que el asesinato del padre estuvo en la mente de sus hijos, de una manera o de otra, todo el tiempo. Hoy en día todavía lo pienso así. Todos conocemos a Dostoievski como el gran maestro de la novela psicológica, y en los hermanos Karamazov, la última de sus novelas, su consagración es definitiva. Es una obra para leer muy despacio y repetidas veces, pero no necesariamente por la trama en sí misma, que en sí misma es muy interesante, sino por la manera como se van develando poco a poco las profundidades psicológicas de casi todos sus personajes, desde el sacerdote cuya devoción se basa en el placer que le causa el servicio a los demás (Léase, no sirve a su comunidad para ayudarla sino para derivar el placer que eso le causa), hasta los hijos con intenciones parricidas no reconocidas. Con ocasión de abrir al lector cada vez una capa más profunda en los verdaderos motivos de esos personajes, Dostoievki además creó una de las piezas magistrales de la literatura de todos los tiempos (El gran inquisidor en el capítulo V) por la profundidad del pensamiento que lo convierte en uno de esos clásicos donde se descubren verdades morales fundamentales. Es una verdadera delicia leerlo y releerlo.
29. Retrato de una dama – Henry James (1880-1881)Siempre he pensado que esta obra también es profundamente psicológica. Más allá de reflejar la condición de la mujer en la sociedad de su época, que es un nivel superficial de análisis, refleja las complejidades de las motivaciones humanas y sobre todo su naturaleza siempre desconocida y siempre impredecible. El destino es inescrutable, pensaban los filósofos griegos, y la obra nos enfrenta con la realidad, que preferimos no ver a veces, de que nunca se sabe cuál será el curso de la acción (y la emoción) humanas cuando la historia del individuo cambia.
30.Huckleberry Finn – Mark Twain (1884/1885)
Me entretengo en pensar que el verdadero protagonista de este clásico de la literatura estadounidense no es Huckleberry Finn, ni su amigo el esclavo, ni siquiera la sombra de Tom Sawyer, sino el realidad el río Mississippi. Es en su travesía que los personajes se deshacen y rehacen de nuevo pero esta vez de un modo distinto, y eso le da al río una especie de poder y en todo caso un accionar concreto, callado y no siempre reconocido pero a la hora de la verdad, muy claro. El río fluye, avanza, se enreda y se desatasca igual que los personajes es un paralelismo de enorme valor simbólico, artilugio literario muy valioso.
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Martha Cecilia Rivera, Chicago, Marzo 2014