PROSA LÍRICA DE FAULKNER

He pensado siempre que el cuidado por la cadencia en la escritura de William Faulkner, y su lirismo, no son, en modo alguno, sus lecciones menores. Por el contrario, forman parte de sus mayores legados, aunque el valor de su obra tiene tantas dimensiones que es fácil olvidar éstas. Varias veces he mencionado ya en estas notas que una escritura depurada, con estilo, que haga de la lectura una experiencia estética simultánea con la experiencia cognitiva, es lo que convierte a la literatura en un arte, una verdadera expresión cultural además de sus facetas de expresión sociológica o filosófica. También es lo que distingue a los grandes maestros del resto de escritores. Y lo que debería ser la meta de cada frase que escribe un escritor para sus lectores. Esta semana me he entretenido en leer y releer algunos párrafos selectos de Faulkner. Transcribo aquí algunos, con la intención de compartir tanto mi delicia estética, como mi interpretación de estas lecciones de este gran maestro. Enorme respeto al traductor que logró fidelidad a algo tan, pero tan difícil, como la cadencia. Ambos párrafos provienen de “Los Invictos”*, publicada por primera vez en 1938 con el título de “The Unvanquished”.

“…la misma puesta en escena de la contienda era una inacabable y casi desesperada prueba en la que corríamos sin parar, jadeando, con el chorreante cubo entre el pozo y el campo de batalla, los dos obligados primero a unir fuerzas y emplearnos contra un enemigo común, el tiempo, antes de que pudiéramos producir y mantener intacto como un paño, como un escudo entre nosotros y la realidad, entre nosotros, los hechos y el destino, el modelo de una furiosa victoria imitada y resumida”.

“…Lo vimos, estábamos allí, como si la voz de Drusilla nos hubiera transportado hasta el rayo de luz que vaga por el espacio y en el que aún se oculta la furiosa sombra —el breve tramo de la vía que entra en el campo visual de un solo par de ojos, y en ningún otro sitio, que no viene de ninguna otra parte y no tiene ni necesita destino, la máquina que no surge a la vista pero que está cautiva en la visión humana, en atronadora pero nebulosa furia, solitaria, inviolada y desierta, gimiendo por el silbato su vapor precioso que podría significar segundos en el instante de pasar y millas al final del viaje…”

* En: William Faulkner. El árbol de los deseos. Club Joven Bruguera, 1981.

GRACIAS POR LEER Y COMPARTIR MI BLOG: http://www.florentinoletters.com

Martha Cecilia Rivera, Chicago, Octubre 2014.