Santiago, el viejo pescador que esta semana se apoderó de mis pensamientos, recibió un amor muy dedicado, muy profundo, muy gratuito quizás, el del muchacho. En El Viejo y el Mar, el muchacho aparece como aquella persona que se preocupa por suplir las necesidades más básicas del viejo, porque sí, de gratis, porque el viejo lo requiere, y eso es algo que tanto en la literatura como en la vida real, en todos los tiempos y todos los sitios, es amor genuino. Aunque no sea amor de pareja.
No puedo dejar de preguntarme si Hemingway lo pensó así o no, porque esta reflexión mía a lo mejor es solo un ejemplo más de los muchísimos que ocurren todo el tiempo, donde el lector encuentra en la obra literaria cosas que el autor no puso. Todo esto viene a cuentas de que, de todos modos, el muchacho era un personaje necesario dentro del relato. El, o alguien más a quien el viejo pudiera invocar o tener presente en los momentos más arduos de su lucha contra las dos clases de peces, su pez y los tiburones.
Hubiera podido ser una esposa, un hijo o un amigo, pero cualquiera de ellos hubiera cambiado la esencia del personaje, la de viejo solitario. El muchacho no la cambia sino que por el contrario la refuerza. ¿Cómo? El viejo no ama al muchacho. No tiene vínculos emocionales con él, no piensa ni una sola vez a lo largo de su travesía en lo que el muchacho quisiera, o necesitaría, sino sólo en cuánto y cómo el muchacho hubiera facilitado para él las cosas. Esto hace aparecer al viejo, en el fondo, como un personaje amargado, alguien que no ama a ningún otro ser humano.
Sí amó a su pez, eso está claro.
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