Oscar Wilde considera que la literatura es una de las dos artes más elevadas. La vida en sí misma es la otra. La relación entre ambas, una sola, donde la literatura es la más fiel de las representaciones de la vida, por cuanto en su opinión el arte más perfecto es
“…el que refleja con mayor plenitud al hombre en su infinita variedad…”.
Otro de los aspectos de su concepto de buena literatura que me ha llamado la atención es la importancia que atribuye al componente fonético, la cual parece muy consistente con su visión depurada y al tiempo analítica y poética de la rima:
“…hay en literatura cierta tendencia a dirigirse más a los ojos y menos al oído, sentido este último que en arte literario puro debía siempre procurarse satisfacer sin apartarse nunca de sus “leyes” de voluptuosidad…”
Para Wilde, la literatura, y en particular la poesía, son una forma de narrar donde el hecho de escribir es solo un medio necesario aunque el verdadero arte, o mejor aún, la palabra hablada es lo realmente artístico (¿o estético?). Sus consideraciones acerca de la herencia que dejó en este sentido el arte de los griegos se expresa en el inesperado párrafo que transcribo a continuación acerca de Homero:
“He pensado a veces que la historia de la ceguera de Homero ha podido muy bien ser en realidad tan sólo un mito artístico, creado en tiempos de crítica, para recordarnos, no sólo que un gran poeta es siempre un vidente cuyos ojos corporales ven menos que los del alma, sino que es también un auténtico trovador, que crea su poema con música, repitiendo cada verso las veces que sean necesarias, hasta captar el secreto de su melodía, profiriendo en la oscuridad palabras aladas de luz. Sea como fuere, su ceguera fue la ocasión, si no la causa, de que el gran poeta inglés se comprometiera con ese movimiento majestuoso y ese sonoro esplendor de sus últimos versos”.
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