LA MUERTE DE ARTEMIO CRUZ

Carlos Fuentes
Panama, 1928 – México 2012

“YO despierto… Me despierta el contacto de ese objeto frío con el miembro. No sabía que a veces se puede orinar involuntariamente. Permanezco con los ojos cerrados. Las voces más cercanas no se escuchan. Si abro los ojos, ¿podré escucharlas?… Pero los párpados me pesan: dos plomos, cobres en la lengua, martillos en el oído, una… una como plata oxidada en la respiración. Metálico todo esto. Mineral otra vez. Orino sin saberlo. Quizás —he estado inconsciente, recuerdo con un sobresalto— durante esas horas comí sin saberlo. Porque apenas clareaba cuando alargué la mano y arrojé —también sin quererlo— el teléfono al piso y quedé boca abajo sobre el lecho, con misbrazos colgando: un hormigueo por las venas de la muñeca. Ahora despierto, pero noquiero abrir los ojos. Aunque no quiera: algo brilla con insistencia cerca de mi rostro. Algo que se reproduce detrás de mis párpados cerrados en una fuga de luces negras ycírculos azules. Contraigo los músculos de la cara, abro el ojo derecho y lo veo reflejado en las incrustaciones de vidrio de una bolsa de mujer. Soy esto. Soy esto. Soy este Viejo con las facciones partidas por los cuadros desiguales del vidrio. Soy este ojo. Soy esteojo. Soy este ojo surcado por las raíces de una cólera acumulada, vieja, olvidada, siempre actual. Soy este ojo abultado y verde entre los párpados. Párpados. Párpados. Párpados aceitosos. Soy esta nariz. Esta nariz. Esta nariz. Quebrada. De anchasventanas. Soy estos pómulos. Pómulos. Donde nace la barba cana. Nace. Mueca. Mueca. Mueca. Soy esta mueca que nada tiene que ver con la vejez o el dolor. Mueca. Con los colmillos ennegrecidos por el tabaco. Tabaco. Tabaco. El vahovahovaho de mirespiración opaca los cristales y una mano retira la bolsa de la mesa de noche”.

«Dios, ¿por qué me has puesto en este compromiso?…»

“Tú rechazarás la culpa; tú no serás culpable de la moral que no creaste, que te encontraste hecha: tú hubieras querido
querido
querido
querido
oh, si eran felices aquellos días con el maestro Sebastián al que no querrás recorder más, sentado en sus rodillas, aprendiendo esas cosas elementales de las cuales debe partirse para ser un hombre libre, no un esclavo de los mandamientos escritos sin consultarte: oh, si eran felices aquellos días de aprendizaje, aquellos oficios que él te enseñó para que pudieras ganarte la vida: aquellos días con la forja y los martillos, cuando el maestro Sebastián regresaba cansado e iniciaba esas clases sólo para ti, para que tú pudieras valerte en la vida y crear tus propias reglas: tú rebelde, tú libre, tú nuevo y único: no querrás recordarlo: él te mandó, tú te fuiste a la revolución: no sale de mí este recuerdo, no te alcanzará:
no tendrás respuesta para los dos códigos opuestos e impuestos;
tú inocente,
tú querrás ser inocente,
tú no escogiste, aquella noche.”