Tropecé con El Lobo Estepario muy temprano en mi vida (creo que no tendría más que once o doce), y entre sus combinaciones de vocales y consonantes, frases y sentencias, igual que en unos ojos verdaderos y profundos aunque inexistentes, encontré en ese mismo instante la misma angustia definitiva que ya había poblado, irreparablemente, mi mundo con personajes de fantasía. Dorian Gray, Edmundo Dantés, Dr. Jekyll y Mr. Hyde, y Heatchcliff ya estaban en, o ya casi llegaban a, esa larga lista de solitarios que no lograron encajar, entre la gente, en ninguna parte. De angustias como las suyas, creo yo, está hecha la literatura. Y es que ahora mismo, sábado 25 de abril del 2015, sentada frente al ancho ventanal inmóvil en el que me he refugiado hace tiempo a escribir enfrente del lago, igual que se refugia un gato en el dintel de su ventana para poder dedicarse sin interrupciones a ignorar a los que pasan, me pregunto una vez más si es el ego o es la tortura moral lo que nos convierte en escritores.
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Martha Cecilia Rivera, Chicago, Abril 25 2015