Me atormenta por estos días, y esa es la razón por la que no escribí nada la semana pasada, pensar que en la era de las redes sociales es imposible ser un escritor que vive de su carrera si no se tiene una plataforma sólida en Facebook, en el blog y en Twitter. Nótese que he utilizado la conjunción “y”, en lugar de “o”. Y es que las casas editoriales piden, junto con el manuscrito, una descripción pormenorizada de la plataforma en redes sociales de todo escritor que golpea a su puerta en busca de apoyo.
Me pregunto si el escritor que tiene 2.000 amigos en Facebook, necesariamente escribe con mejor calidad literaria que el que tiene 60, o el que no tiene siquiera una página. Creo que todos tenemos clara la respuesta: No. No necesariamente.
El asunto va mucho más lejos: ¿A qué horas se escribe, si hay que enviar un tweet cada día? (O actualizar la página de Facebook, o encontrar inspiración para escribir una página de blog que ofrezca un contenido interesante con potencial para ser compartido).
Hay ocasiones en las que un párrafo de una novela me ha tomado…¡semanas!
Cuando estoy creando, en mi trabajo literario, mi cerebro y mi corazón se me escapan. Me abandonan para refugiarse en una especie de burbuja desde donde viven a plenitud el personaje y la historia. Cuando eso ocurre (y esto es solo en el momento de la creación, después el trance acaba), me quedo a merced de una especie de piloto automático que ejerce las funciones de la vida, bebe, duerme, interactúa, toma una ducha, pero yo no estoy realmente allí, presente. Es otro (otra) quien ejecuta esas funciones mientras que yo estoy…creando. ¿Cómo podría yo pedirle a mi piloto automático que además de pagar las cuentas y enterarse de los asuntos de mi familia (por ejemplo), se invente tweets virales?
Todavía no resuelvo el asunto. Solo quiero volver ahora a esta nueva novela que me ha atrapado y no quiere soltarme. Burbuja. ¡Es todo lo que necesito!
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Martha Cecilia Rivera, Chicago, Junio, 2015