ADOLFO BIOY CASARES

Se cumplieron esta semana cien años del nacimiento de Adolfo Bioy Casares. (Argentina, Septiembre 15 de 1914), De su obra donde generalmente se mezclan lo onírico o fantástico, y lo detectivesco, se ha dicho que es surrealista. Nunca me gustó el estilo de su escritura pero la verdad es que leerlo es siempre un placer porque cada vez encuentro más y más sorpresas. Siempre he pensado que de haberle trabajado más al aspecto literario, habría llegado todavía más lejos en su carrera como escritor, aunque admito que haber ganado el Premio Cervantes (1990) entre otros varios también muy importantes. es ya haber llegado bien, pero bien lejos. Transcribo el comienzo de dos de sus cuentos que me gustan:

UNA MUÑECA RUSA

“Los males de mi columna me retuvieron en un largo encierro, interrumpido únicamente por visitas a consultorios, a institutos de radiografías y de análisis. Al cabo de un año recurrí a las termas, porque me acordé de Aix-les-Bains. Quiero decir, de su fama de rumbosas temporadas de la gente más frívola y elegante de Europa; y de aguas cuya virtud curativa se admitió desde tiempos anteriores a Julio César. Para que mi estado de ánimo cambiara y para que reaccionara mi organismo, creo que yo necesitaba, más aún que las aguas, la frivolidad.

Volé a París, donde pasé poco menos de una semana; después un tren me llevó a Aixles-Bains. Bajé en una estación chica y modesta, que me sugirió la reflexión: «Para buen gusto, los países del viejo continente. En nuestra América somos faroleros. Caben cuatro estaciones de Aix en la nueva de Mar del Plata». Confieso que al formular la última parte deesa reflexión, me invadió un grato orgullo patriótico”…

ENCUENTRO EN RAUCH

“El jueves, a las ocho en punto de la mañana, debía presentarme en la estancia de don Juan Pees, en la zona de Pardo, para dejar concluida una venta de hacienda, la primera operación importante que iba a llevar a la casa de consignaciones y remates, de la ciudad de Rauch, en que trabajaba. En diciembre de 1929 yo había conseguido el empleo y si al año me mantenía en él, quizá debiera atribuir el hecho a la estima que los miembros de la firma profesaban por mis mayores.

A la hora del desayuno, el miércoles, hablamos de mi viaje del día siguiente. Mi madre aseguró que yo no podía faltar a la cita, aunque el jueves fuera Navidad. Para evitar cualquier pretexto de postergación, mi padre me prestó el automóvil: un Nash, doblefaeton, «su hijo preferido», como decíamos en casa. Sin duda, no querían que yo perdiera el negocio, por la comisión, una suma considerable, y porque si lo perdía podía muy bien quedarme sin empleo. La crisis apretaba; ya se hablaba de los desocupados. Aparte de todo eso, quizá mis padres pensaran que por golpes de suerte, como la venta de vacas a Pees, y por las continuas salidas al campo, que rompían la rutina del escritorio, yo le tomaría el gusto al trabajo. Les parecía peligroso que un joven dispusiera de tiempo libre; desconfiaban de mis excesivas lecturas y de las consiguientes ideas raras.

En cuanto llegué al escritorio hablé del asunto. Los miembros de la firma y el contador opinaron que don Juan, al citarme, probablemente no recordó que el jueves caía en 25, pero también dijeron que si yo no quería perder la venta me presentara el día fijado. Hombre de una sola palabra, don Juan era muy capaz de renunciar a un negocio, por beneficioso que fuera, si la otra parte no cumplía en todos sus detalles lo convenido. Uno de los miembros de la firma comentó:

—Pongamos por caso que se pierda la operación por culpa tuya. Mantenerte en el puesto sería un mal precedente.

—Por mí no se va a perder —repliqué”…

* Adolfo Bioy Casares. La Muñeca Rusa. Tusquets, 1995

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Martha Cecilia Rivera, Chicago, Septiembre 2014