SOBRE LA HUMILDAD DEL ESCRITOR

Me preguntaron hace poco durante una lectura de una de mis novelas qué entendía yo por respeto por el lector y mi respuesta, casi que automáticamente, incluyó dos frases: trabajo duro y honrar su inteligencia.

El trabajo duro se refiere a que ser un escritor no es asunto de dejar la inspiración fluir, o atraparla, plasmar lo que ella trajo y dejarlo así no más, inmaculado e intocado, casi como con un convencimiento interior de que lo que a mí se me ocurre es único, importante, irrepetible. Sí, las ideas (inspiraciones) deben ser consignadas de inmediato, antes de que se escapen a otra parte. Pero después viene un trabajo casi interminable de reflexionarlas, embellecerlas, aclararlas, contextualizarlas, examinarlas de nuevo, destruirlas, reconstruirlas, hasta que reaparecen puras, esenciales, valiosas. Creo que es un proceso como el de pulir un diamante. Buscar en el fondo la verdadera belleza, el verdadero valor, y la verdadera belleza y el verdadero valor raramente se encuentran en la superficie.

Honrar la inteligencia del lector se refiere exactamente a lo mismo: a reconocer que no todo lo que viene a mi mente es lo bastante bueno como para que merezca ser leído por otro. A no buscar impresionar o influir o entretener con cualquier cosa. A no creer que cualquier cosa que se me ocurre es por definición buena. Un escritor que respeta a su lector selecciona lo mejor y le ofrece solo eso, lo mejor, con la certeza de que ni aún eso mejor es necesariamente bueno. Trabajo concienzudo y bien hecho, el mismo que esperamos del médico o del conductor del bus, es lo que yo entiendo por respetar a mis lectores.

Creo que en el fondo ambas cosas, trabajo duro y honrar la inteligencia del lector, convergen en un terreno un poco elusivo para los escritores, el terreno de la humildad. Un escritor es alguien que por definición cree que sus ideas, palabras, experiencias, reflexiones, merecen ser leídos por otros. Ahí es donde está la trampa. En el ego. Creer que se es tan bueno, tan inspirado, tan talentoso que lo que mi mente produce merece la atención de los otros, es lo que lleva a algunos escritores a plasmar  las ideas como llegan y dejarlas así no más, vírgenes. Reconocer que el lector es tanto o más inteligente, que sus ideas valen tanto o más que las propias, es lo que obliga a otros escritores trabajar duramente para ofrecer solo lo mejor. Creo que esos, los humildes, los del trabajo duro, largo, desesperado, son los que se han convertido en los grandes maestros. La humildad es el camino para la trascendencia.

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Martha Cecilia Rivera, Chicago, Septiembre 2014